La Mudanza del Encanto.. Prof. Juancho Barreto

El signo de los abismos (La mudanza del encanto)

21 de febrero de 2014 a la(s) 17:42
Hay una guerra de “guiones” que conduce paulatinamente a la sociedad venezolana a un indetenible conflicto social caracterizado por el deseo, también incontenible, de aniquilación del otro. Lo que se muestra mayormente en los medios “enredados” es un fanatismo que se alimenta de la intolerancia ideológica, una especie de fuerza ciega que ha definido al otro como la molestia, el estorbo, la basura… creando una ceguera que va más allá del fascismo tal como se ha definido en tanto sistema de opresión para aniquilar al que estorba. Desde donde se mire, el otro es un cuerpo extraño que ha perdido todas las simpatías frente a su contrario. Entonces, el lenguaje se ha vuelto en un arma de exterminio. Lenguaje, imagen, gesto, palabra es una acción para la jauría ideológica. Tragarse al otro con el lenguaje, disolverlo, volverlo polvo es una tendencia. La otra es convencerlo para que no sea lo que es. Las dos formas son una misma. Ambas formas de la ideología corresponden a la falsa conciencia de estos seres de la política como trauma, como quebranto humano, como arma para aniquilar. Por esta razón, son tan pobres de sentido enaltecedor de lo humano transformante las acusaciones que los bandos dominantes de la sociedad se hacen entre sí porque están concebidas desde una noción de poder que deslegitima toda lucha por la trascendencia si no está concebida desde la dupla que defiende a un estamento de ese poder contra otro. Nos encontramos en un escenario donde los individuos y movimientos funcionales de los distintos poderes marchan atomizados y aterrorizados entre sí. El temor es un signo de los abismos. Y para derrotar al contrario hay que cazarlo, ponerle trampas porque temo de él. Desde esta lógica, la derrota es la destrucción y la victoria la perpetuidad. Alguien cae, alguien se mantiene. Esto es grave. Así la pugna será eterna porque se niega la contradicción y se afirma el exterminio del otro. La ideología se ha convertido en una trampa. Es incapaz de comprender los síntomas de una sociedad. Y de resolverlos. La cultura política del capitalismo no ha sido superada, ni puesta en crisis. La ideología como imposición al “montón” humano adquiere su diversidad a través de medios cuya finalidad está lejos de ser la libertad como hecho real y cotidiano. Estos universales del poder deben ser superados para encontrar la vía propia y particular del arte de vivir socialmente.

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