Entrevista con Teodoro Petkoff

Teodoro Petkoff: una vida (o mil) de película; por Faitha Nahmens

Por Faitha Nahmens | 3 de enero, 2015
Tengo el palpito de que la presidencia de Maduro será breve. Entrevista a Teodoro Petkoff por Alonso Moleiro 640
No tendría tomas en bar alguno. Y si el guión registra la escena de una fiesta será para enfocarlo: la luz sobre él mientras conversa en una esquina aparte sobre un tema enjundioso, profundo, nacional o internacional, que maneja al dedillo. O tal vez leyéndose un libro que encontró sobre la mesa en medio de la algarabía, aislado y con absoluta concentración. Alguien podría pedirle que baile y él, afinado que es (quiso estudiar piano cuando era sesentón), lo intentará con pies de plomo.
Corte.
Otra escena bisagra podría ser la de él conduciendo el Volkswagen desportillado que manejó durante años por las calles caraqueñas, dándole chola a fondo. Para nadie es un engaño que este intelectual, pensador sesudo y concentrado en el teclado para producir textos que han desquiciado a platónicos del planeta, es también un hombre de acción. Pero las mejores secuencias estarían por verse. ¿Quién sabe cuánto duraría una película que narrara la enjundiosa trayectoria de Teodoro Petkoff, con tantas vidas en una? Todas las imágenes se antojan absolutamente cinematográficas.
Teodoro, quien hoy 3 de enero arriba a sus ochenta y tres años, ha sido protagonista de un sinfín de circunstancias fantásticas que al contarlas, de tan complejas y prolijas, fotografían el país y el mundo. Una vez convertido en personaje por la ocurrencia de José Ignacio Cabrujas, cuando un catirón y bigotón Yanis Chimaras (en mala hora, de manera prematura y vil, sacado de la escena de este mundo) lo interpretó en una teleserie de empaque histórico.
Corte.
Una curiara lleva a su madre embarazada y a punto de dar a luz, de El Batey a Maracaibo. Casi pare en medio del Lago. Su madre es una médico polaca que ha venido a Venezuela para empezar una vida sin guerras y dispuesta a colaborar con su sabiduría. Tendrá tres hijos: Teodoro y los gemelos Mirko y Luben. La cámara, a continuación, podría hacer  un vuelo rasante por la infancia del único catire en ese paisaje tropical, habitado por niños muy pobres, luego un paneo por la Escuela Experimental Venezuela, frente a la Plaza Morelos de Caracas, donde un chiquillo de sexto grado funge como presidente electo de la institución, según las normas inusuales del colegio. [Pocas veces, por cierto, el líder será visto sin bigotes]. Y luego podría enfocar a un mozalbete de 14 de espaldas, pegando pancartas a favor de la revolución en un muro. En la siguiente toma es llevado preso. Comienza temprano el jaleo. La política será su modo de vida y él un pez en esas aguas poco dulces. Sus discursos comenzarán a ser legendarios. Será presidente del Centro de Estudiantes en la Universidad Central de Venezuela, donde cursará dos años de Medicina, pero la política lo conmina con la fuerza de un imán y decidirá pasarse a Economía, donde se graduará cum laude en 1960. ¡Ay, los sesenta!
Corte.
Nadie se mueve de sus asientos: la película entra en honduras. Teodoro Petkoff tiene la certeza de que la lucha armada es la solución y se suma al movimiento guerrillero. No será lo tanto sino lo seguido. Acusado injustamente del ataque sangriento al tren de El Encanto (muchos años después, frente a los rieles de la muerte, Luis Correa diría por fin que fue él), fue preso por sedicioso. Dos veces lo arrestan y dos veces se escapa.
Toma equis: El increíble escape del Hospital Militar. Mítico. No es leyenda urbana. Una escena de suspenso que podría sumar varios minutos de un plano secuencia. Comienza cuando bebe sangre de vaca que le consigue Rómulo Valero y (a buen resguardo) le ha llevado Beatriz Rivera, la segunda pareja en su enjundiosa biografía romántica. Su talente intenso, inquieto, pasional lo vinculará con las varias mujeres maravillosas que amó y lo amaron. Volvamos a la toma: una vez que se provoca el vómito, hace ver a sus cancerberos que está gravísimo. Finge dolor y está junto a un charco de líquido rojo. Se le ha reventado una úlcera, dicen. De emergencia y bien custodiado es llevado a la institución donde será auscultado por los médicos. El plan está redondo y fraguado. Un vez acostado en la cama donde reposa mientras comienza la serie de urgentes exámenes, con un par de cómplices que han convenido en espantar a mirones indeseados y con más sábanas en su habitación que cualquier otro paciente, hará un atado que amarrará a la ventana de la que se descolgará no sin antes ser visto por un paciente en un piso intermedio. Años después le dirá:Fui yo quien te vio descender. Me pediste que no dijera nada y eso hice. Agarrado con fuerza pondría un dedo en su boca para indicarle al posible soplón que hiciera chito. Tuvo éxito. Descendió hasta planta baja y, sin levantar sospechas frente a los vigilantes, franquearía la puerta vestido con ropas de calle. Por la puerta grande saldría con su historia.
Corte.
Toma ye: La fuga del Cuartel San Carlos. Teodoro Petkoff con los compañeros de celda, Pompeyo Márquez entre ellos, atraviesan un boquete cavado desde afuera por el cual apenas cabrán agachados. Desde ahí, como topos, irán sigilosamente y sin cesar por un túnel subterráneo cuya salida está en la panadería de un cómplice vecino del cuartel, quien los ha aguardado durante meses, mientras el lector incansable que en la cárcel tenía La montaña mágica de Thomas Mann seguía el plan de Antonio José “Caraquita” Urbina con mucho cuidado, sin intenciones de levantar sospecha, poco a poco. Por fin se escapa y se va a Bulgaria, no por mucho tiempo, claro. (Años después se someterá a una artroscopia por lesiones en sus rodillas. Lesiones eternas).
Corte.
Luego tomaría a pies juntillas la pacificación con la que hace migas en el primer gobierno de Rafael Caldera (en el segundo será su ministro de Cordiplán). Mantendrían una insospechada buena relación siempre, dispuestos a olvidarse de “Roberto” y de “Teódulo Perdomo”, sus apodos de guerra. Salta del hombrillo de la historia para ubicarse de una vez y para siempre del lado del debate político franco, cuyo ejercicio hará con vigor como diputado, como líder innegable, como fundador del Movimiento Al Socialismo, el MAS, partido de color naranja que nace en 1971 con el objetivo de promover la justicia social en libertad, sin exclusión ni dicotomías, y al que recalan los creadores, autores e intelectuales más luminosos de la izquierda moderada y democrática, gente de avanzada de entonces: Pedro León Zapata, Jacobo Borges, José Ignacio Cabrujas, Luis Bayardo Sardi, Manuel Caballero. Esos serían algunos de los nombres de la nómina de marquesina. Salía del doloroso pasado dando un portazo que resonaría en medio planeta.
Corte.
Su libro Checoslovaquia, socialismo como problema no sólo le garantiza la expulsión del Partido Comunista de Venezuela: todos los jerarcas del politburó soviético y alrededores le hacen la cruz. Su pregunta sería más que incómoda “¿Cómo criticar que Estados Unidos invada si la URSS hace lo mismo, controla, subyuga, mata?”.
“Conversaba una vez sobre la libertad en los regímenes totalitarios con Alejo Carpentier. Y sería una vez y ya, porque él resumió su fe dogmática así: lo que propone Fidel Castro hay que darle curso. Él no se equivoca. No había nada más que añadir”.
Corte.
Vital, intenso, fajado, democrático y accesible a niveles conmovedores, pese al vozarrón intimidante y la gestualidad sin ternuras que tuercen con terquedad la imagen hacia el extremo donde no está. Un close up debería registrar esta paradoja: su discurso apasionado, inteligentemente perspicaz y sin ambages, sin concesiones y sin perderle pista. En toma cerrada, aguarda cuando la ironía derive en sonrisa. En ese momento se asomará una insospechada calidez. Casi parecerá tímido. Si estalla en carcajadas (“homéricas”, según la periodista Luisa Barroso, quien trabajó con él en Cordiplán y es su seguidora “desde que tengo uso de razón”), el serio, el contumaz, el rotundo Teodoro Petkoff, increíblemente sensato, parecerá entonces el hombre más divertido del mundo.
“Venezuela se perdió al mejor presidente”, diría Dalita Navarro y con ella un gentío del país y del exterior sobre quien fuera dos veces candidato presidencial y siempre fue un gurú a consultar. Visionario hombre de ideas, considerado en 2012 por la revista Foreign Policy como uno de los cien hombres más influyentes del mundo, fundaría un periódico a su imagen y semejanza con un lema que es suyo: Tal Cual, claro y raspao. Con editoriales de su puño y letra en la portada (algo nunca visto) y todo el diario escrito con fundamento, con apego a la ética, con audacia, con gracia y con humor, en tono francamente crítico.
Ahora mismo no sale a la calle. El periódico que nació cuando comenzó el chavismo está sin papel. Volverá a ser impreso de nuevo a finales de enero, quizás, cuando se calcula que el gobierno vuelva, discrecionalidad mediante, a permitir que el medio dé los pasos que son ahora condena para conseguir los cupos para importar. En tiempos de confiscación de libertades, la de expresión exhibe una espada de Damocles grotesca, enorme, descarada, que suspenden los mandamases que también lo enjuician.
Por un artículo suscrito por un colaborador, Teodoro Petkoff ha tenido que ir cada semana a presentarse ante los tribunales de un sistema judicial simbiótico y comparecer como delincuente para dar fe de que “no ha huido de la justicia”. Esto lo ha puesto enfermo. No es para menos: el imbatible acusa recibo al cabo de diez demandas y toda la saña. Circunstancia que, por supuesto, ha tenido eco fuera de las fronteras y en el patio ha convocado alianzas, apoyos y solidaridades. En un país donde 34 emisoras de radio fueron compradas (la fagocitosis de la llamada hegemonía comunicacional) y los canales de televisión están en la lupa, la prensa tiene los colmillos de la voracidad totalitaria encima de la letra.
Padre de siete hijos, abuelo de trece nietos y figura de culto. Políglota (habla seis idiomas), conversador que asombra, informado y convenientemente conciliador. Profundo y sencillo. Autor de una decena de libros de cabecera. Fanático de las rancheras, profesor universitario, referencia para adoradores y adversarios, amigo leal, capaz de realizar en persona la gestión más menuda a favor de un ser querido. En su lista de teléfonos han estado poetas, presidentes, diplomáticos, creadores, empresarios. Hombre de carácter, raciocinio y emocionalidad mediante, requeriría de una cámara de amplio lente para rastrear en una sola toma la cantidad de hombres dispuestos a certificar que lo admiran. Ni se diga de mujeres: recibiría con profusión de rockstar infinidad de cartas de novias que hasta hace nada le alentarían a ser y, por favor, a que no las olvide.

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