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Leyendo comentarios  relativos a las elecciones que tuvieron lugar el 07.de Octubre del 2012 en Venezuela, es posible trazar una línea que configura la opinión predominante. Es la siguiente: la de Chávez no fue una victoria absoluta sino relativa. Efectivamente, un candidato que obtiene un 45% (6,4 millones de votos) no es un adversario débil. Esa votación es más que suficiente para ganar una elección en cualquier país donde existan más de dos opciones.
Venezuela, en todo caso, continúa siendo una nación políticamente dividida, pero con la diferencia que desde ahora los venezolanos saben que la votación anti-Chávez es más numerosa que antes. No es suficiente para alcanzar el gobierno, pero sí es suficiente para no sentirse aplastada. En ese punto el mismo Chávez parece estar de acuerdo.
También Chávez podría estar de acuerdo en que la fuerza de la oposición no sólo se expresa en cantidades  –lo han resaltado la mayoría de los observadores- sino también en una nueva cualidad: Venezuela ha llegado a tener una oposición orgánica, políticamente unida, con un programa y una dirección definida, y sobre todo, con un líder indiscutido: Henrique Capriles. En fin, la tónica general, pasado el momento de euforias y desencantos, parece coincidir en el hecho de que Chávez ganó perdiendo y la oposición perdió ganando.
Eso no significa caer en falsos triunfalismos. Una derrota es una derrota y por lo mismo debe ser aceptada como tal.
La oposición, como cabía esperar, enfrentó las elecciones con el propósito de derrotar a Chávez; y perdió. Mas, seamos honestos: ¿Quién va a una elección con el propósito de ser derrotado? ¿Quién dice antes de las elecciones, vamos a perder pero con dignidad? O vamos a ganar o no vamos. Esa convicción forma parte del abc de la política. No sólo se va a las elecciones a ganar, además se necesita creer que vamos a ganar.
Naturalmente, la derrota, y es normal que así sea, será sentida como una pérdida, y la pérdida como un duelo. Y como ocurre con los personales, los duelos políticos también atraviesan por distintas fases. Como ha sugerido  en un sensible, inteligente y freudiano artículo, la primera fase del duelo está signada por la depresión melancólica. La segunda –agrego yo- por la (auto) agresión. Recién en el curso de la tercera fase comienza a ser aceptada la pérdida como tal.
Nos explicamos así la tristeza que embargó al conjunto de la oposición.
Nos explicamos también la (auto)agresión en que incurrieron algunos opositores después de la derrota. Nos explicamos, además, la necesidad neurótica de encontrar un “chivo expiatorio”. Incluso algunos se volvieron en contra del propio pueblo, calificándolo de ignorante o bárbaro. Otros comenzaron a gritar sin tener ninguna prueba: ¡fraude! ¡fraude! No faltaron quienes reconvirtieron el odio a Chávez en repentino amor, calificándolo como invencible Goliath. Y por si fuera poco, hubo algunos que sin respetar el duelo huyeron hacia adelante, como si la derrota no hubiera existido jamás. Todo eso nos explicamos porque es lógico, y quizás es necesario que así sea. Pero pasado algún tiempo debe llegar el momento de la reflexión.
Las reflexiones de ciertos cronistas dan lástima: Han constatado que Chávez ganó porque goza de un gran apoyo social entre las capas más pobres de la población, algo parecido a decir que Chávez ganó porque obtuvo más votos que su adversario. Otros han insistido en la conexión emocional entre Chávez y el pueblo, lo que es evidente, pero Capriles también logró una conexión similar; y no bastó. Pocos han reparado en que ese gran sector de la población que vota por Chávez no es una simple masa amorfa de seres idiotizados por la palabra mágica del autócrata. Ahí hay algo más: se trata de masas militantemente organizadas desde el propio Estado. Eso significa: el apoyo social a Chávez es orgánico. En ese contexto el líder mesiánico es sólo uno de los engranajes de una poderosa maquinaria electoral.
El segundo engranaje son las organizaciones para-estatales de masas. Misiones y Concejos se extienden hasta en las áreas más alejadas. Son, si así se quiere, medios de control ciudadano de los cuales el gobierno dispone a su antojo en cada evento electoral.
El tercer engranaje lo constituye el numerosísimo personal estatal.
El ya hipertrofiado aparato del Estado que prevalecía antes de la llegada de Chávez ha sido convertido bajo la égida chavista en una entidad monstruosa (¡2.184.238 empleados públicos!) Ni siquiera el antiguo PRI mexicano logró crear un Estado similar. Por si fuera poco, como el PSUV es un partido-Estado, los numerosísimos funcionarios del PSUV son, además, funcionarios del Estado. En fin, en Venezuela ha sido creado no sólo un gobierno sino –esto es muy importante- un Estado Chavista.
Los ejércitos de empleados chavistas constituyen dentro del Estado el segmento inferior, pero también el más numeroso de una “nomenklatura” (clase estatal dominante) sólo comparable a la que existía en los países de la órbita soviética. De ahí que la oposición cuando enfrenta al chavismo no sólo enfrenta a un partido; ni siquiera a un gobierno: enfrenta al mismo Estado. Esa es, sin duda, una lucha heroica.
Hay por último un cuarto engranaje: En Venezuela existe una enorme cantidad de personas hipotecadas por el Estado. Aunque ojo: No se trata sólo del tradicional asistencialismo, sino de una nueva dimensión. Esa se observa por ejemplo en las inscripciones para la obtención de viviendas. Quien ya ha obtenido o espera obtener un cupo no se decidirá fácilmente a votar en contra del Estado. De este modo gran parte de la población se encuentra hipotecada al Estado. No es un detalle menor: La hipoteca y el crédito, mecanismos que inhiben a votar de modo autónomo en las naciones capitalistas avanzadas, han sido “descubiertos” por el chavismo como medios de sujeción y control político.
La oposición a Chávez tiene entonces un gran desafío. Por una parte el “enemigo” es poderoso. Pero por otra -ya ha sido demostrado- no es invencible. Sobre ese punto, vendrán muchas discusiones.
Sin embargo la discusión política, a diferencia de las personales, no puede ser realizada entre cuatro paredes. Ella, por el contrario, tiene lugar bajo el calor de una lucha pública que no conoce pausas. Por ejemplo: no ha terminado en Venezuela el recuento de votos y ya los ciudadanos deben prepararse para otra batalla política: las elecciones regionales de Diciembre cuya importancia será más que trascendental.
En efecto, el chavismo, aprovechando la desmoralización surgida después de la derrota en las filas opositoras, se apresta a dar una estocada final. Su proyecto en las regionales es convertir a las gobernaciones en apéndices regionales del Estado. La oposición a su vez confía en sus líderes regionales, muy diferentes a los designados a dedo por el gobierno.
Esperar bajo esas condiciones un triunfo grandioso de la oposición en las elecciones regionales sería quizás ilusorio. Pero si ésta logra al menos construir un dique que dificulte el avance de la “marea roja”, creará un escenario que le permitirá enfrentar las inciertas luchas políticas del futuro en condiciones más favorables a las actuales. Veremos. 


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