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TAL CUAL Digital.. Domingo 27 de Julio


 Fin de semana
ESCRIBO Y COMENTO
El odio en la política
FERNANDO MIRES

A sí fue como habiendo encontrado un día uno de mis artículos en un periódico digital de esos que no usan filtros en la sección "comentarios", quedé realmente espantado. Pocas veces había leídos tantos insultos dirigidos a mi persona. Los más amables me mentaban la madre. Otros afirmaban que yo era un tarifado del imperio. No faltaban quienes aseguraron que yo era un agente del comunismo, al servicio de la izquierda mundial. De lado y lado, sin piedad mi tregua, me dije con cierta amargura, la que por suerte despareció muy pronto.
Cuando revisé los comentarios que esos lectores clandestinos escribían sobre otros articulistas, concluí en que yo, después de todo, había salido beneficiado. Y cuando leí los dedicados a un político de cierto renombre, sentí que ese lenguaje de bucanero que aprendí a dominar muy temprano (alguien cuenta que la primera palabra que pronuncié en mi vida fue una palabrota) había sido con creces superado por esos impenitentes lectores. Entonces comencé a pensar en ellos, los injuriosos, casi todos anónimos.
¿Qué hacía esa gente antes de que apareciera la internet? Seguramente le pegaban una patada al perro, o lanzaban una piedra a la ventana del vecino, o le daban una paliza al hijo. Mucho odio, demasiado.
¿De dónde viene? Gracias a las lecciones del psicoanálisis, sabemos que el odio es el hermano menor del miedo pues el miedo precede al odio. Detrás de cada odio hay, inevitablemente, un miedo. Así nos explicamos que cuando la mayoría de los habitantes de una nación, incluyendo a sus gobernantes, han sido dominados por el miedo, pueden cometer las más increíbles atrocidades. La historia está llena de ejemplos. Algunos demasiado cercanos. A través del odio intentamos destruir "al otro" o "a lo otro", es decir, a eso que supuestamente no nos deja ser lo que deseamos ser. En ese sentido tanto el miedo como el odio serían reacciones naturales frente a peligros externos o imaginarios.
Freud establecía una cierta clasificación en torno a los miedos, así distinguía entre el miedo normal, el temor neurótico y el pánico.
Si escuchas la noticia de que un león ha escapado de su jaula y merodea en la calle donde tu vives, eso es miedo normal.
Si imaginas que el león podría huir de su jaula, sin que eso haya ocurrido jamás, eso es un temor neurótico. Si abres la puerta de tu casa y encuentras un león, sientes pánico. Pero si ese león es un simple gatito extraviado, podemos pensar en un caso grave. Ahora, en los tres casos, ese miedo puede transformarse en odio (o por lo menos en aversión) a los leones. Pero así como existen miedos fundados, hay también aquellos que no tienen fundamentos. Hay también, odios infundados.
Los lectores que insultan están efectivamente dominados por un odio que casi siempre carece de fundamento.
Los puedo imaginar unas veces, amargados, solitarios, asidos desesperadamente al cuello de una botella, disparando insultos por la internet. Otras veces, los imagino bien vestidos, regresando de la oficina, saludando a sus vecinos, dando cariñosos besos a su mujer e hijos, pero esperando el momento de abrir el programador y descargar ese odio que los consume, ese odio que no es más que su propio miedo de no ser.
Milan Kundera, quien solía ser tan buen filósofo como novelista, afirmaba en una de sus inolvidables novelas ("La Inmortalidad") que el miedo de no ser no es un miedo de no ser, sino "un miedo de no ser yo". El yo, efectivamente, no es un órgano ni un "aparato": es un vacío (J. Lacan, El Estadio del espejo). Si ese vacío no es llenado con un objeto -de amor u odio, para el caso da lo mismo- el vacío se mantiene como tal. Así, el lector injurioso llena, insultando, el vacío de su propio yo.
Gracias a sus insultos, si él ­por ejemplocree "ser" antiimperialista, se siente orgulloso al destruir con sus palabras a quien él imagina es un agente del imperio. Después de todo no importa lo que uno sea. Lo importante es descargar el odio sobre un objeto que llene, aunque sea por unos minutos, el "vacío del yo". Ese, decía Lacan (La agresividad en el Psicoanálisis) es el principio narcisista de todo odio.
Después de todo, quienes escribimos opiniones nos ofrecemos como objetos sustitutivos del odio del sujeto odiante, pues este solo es sujeto en la medida en que odia. En cierto modo cumplimos a través de la internet una función terapéutica. Si no fuera por uno, esa pobre gente que nos insulta, no sabría que hacer con su miedo-odio. Pues, después de haber escupido su odio, el odiante puede permanecer tranquilo, libre, satisfecho. E incluso orgulloso de su pobre y débil yo.
La política, si lo vemos bien, cumple una función terapéutica. El político, sobre todo cuando asume tareas de gobierno, absorbe algunas cuotas flotantes de miedosodios colectivos. La antigua anécdota del obrero italiano que cuando comenzó a llover buscó refugio bajo el techo de una tienda donde enojado gritó: "gobierno de mierda", expresa claramente la relación miedo-odio-política. Naturalmente, el gobierno no tiene la culpa de la lluvia, pero alguien tenía que hacerse responsable en ese momento del malestar del trabajador.
Y para eso están los gobiernos: no solo para ser, sino para hacerse responsables.
Por cierto, nadie va a pensar que la política suprime los odios. Por el contrario, los mantiene pero ­es importante- los mantiene en forma política, es decir, en forma pública y no privada. "Bajo la luz de lo público" (Arendt) los odios se civil-izan, o dicho en sentido literal, se poli-tizan.
¿Y si un político de profesión no politiza sus odios sino que simplemente insulta en público a sus adversarios? En ese caso ese político debe ser sacado cuanto antes de la vida pública y enviado a su mundo privado. Con sus injurias, ha traicionado a su profesión.




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