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FERNANDO MIRES -TALCUAL

TalCual


Fin de semana

ESCRIBO Y COMENTO

Una rebelión democrática



FERNANDO MIRES 


ario Vargas Llosa escribió un artículo cuyo título es una tesis: "La larga muerte del chavismo".

Cierta o no, hay que admitir que el chavismo, como toda unidad histórica, está sujeto a un proceso de desarrollo. Ahora, en ese proceso, el chavismo ha recorrido tres fases. Así, podemos hablar del chavismo como movimiento so
cial, del chavismo como ejercicio autocrático y del chavismo como Estado.

De acuerdo a la primera fase, Chávez llegó al gobierno como líder de un movimiento social con fuerte presencia de sectores subalternos no representados simbólicamente en el poder.

En la segunda, tuvo lugar una estatización del movimiento social originario.

Preocupación de Chávez fue mantener el vínculo entre la instancia movimientista y la estatal. Él mismo actuaba como líder social y como representación del Estado. Así, su figura adquirió una autonomía casi absoluta. Más todavía. Si Chávez frente a la nación actuaba como autócrata, al interior del chavismo fue un dictador. La palabra de Chávez era para el PSUV, la Ley. Para sus seguidores él estaba no en contra sino por sobre la Ley.

En una tercera fase los seguidores inmediatos del líder construyeron una cúpula desde la cual tejieron una relación de poderes convergentes con la cima estatal. Nació así una "nomenklatura" a la venezolana, oligarquía estatal que se prolongó hasta en los rincones más lejanos del territorio.

El poder del chavismo llegó a ser social, económico, político y militar. Social, porque mantenía atadas al Estado a las organizaciones sociales. Económico, porque mediante el control petrolero el gobierno se convirtió en el capitalista más poderoso de la nación. Política, porque en su forma de Estado, el chavismo secuestró a los poderes públicos. Y militar, porque mediante prebendas y presiones, Chávez convirtió a las fuerzas armadas en una instancia ligada a su persona y no a la Constitución. Y bien, todo ese orden, como si fuera un sistema solar, giraba en torno a un sol. El sol era Chávez.

Maduro, en cambio, al no ser líder social tiene problemas para ejercer como autócrata o, lo que es peor, es un autócrata sin fuerza social. De ahí su descontrol, su aparente locura.

Después de pocos días de gobierno, Maduro no está en condiciones de recuperar el poder social perdido. Así, todo indica que la represión crecerá en la misma proporción en que decrece el carácter movimientista del gobierno.

Sin embargo, hay una buena noticia. De la muerte del chavismo no surgirá un estado de descomposición social y política.

Pues, paralelamente al descenso del chavismo, asciende una alternativa: la emergencia de una rebelión política, constitucionalista, pacífica, social y nacional a la vez.

La rebelión democrática de Venezuela comenzó a tomar forma durante el proceso electoral que culminó con la dudosa victoria de Maduro. Porque justo en los momentos que siguieron a los masivos funerales, cuando todas las encuestas daban por ganador al "hijo de su padre", Capriles se convirtió en impulsor de un tsunami democrático y popular.

Junto con el cuestionado triunfo del candidato chavista, ha nacido un movimiento social similar al que llevó a Chávez al poder. Ese movimiento, electoral en sus orígenes, ha pasado a transformarse después de la negativa del CNE a destapar el fraude, en una ola de indignación que recorre la nación. Ha nacido en Venezuela una rebelión democrática.

Sin embargo, a diferencia de rebeliones que ponen en juego el orden institucional, la de Venezuela plantea la defensa de las instituciones frente al Estado. Es por eso que el que dirige Capriles es un movimiento, antes que nada, constitucionalista.

¿Cuál es el sentido de que Capriles recurra al CNE y después al Tribunal Superior de Justicia si ambas son instituciones controladas por el gobierno? Esa es precisamente la razón. Al exigir Capriles al CNE que realice auditorías correctas, la oposición no desconoce, por el contrario, reconoce a la institución. Lo mismo va a ocurrir con el TSJ, a cuyos magistrados Capriles les tiende la mano. Los jueces podrán aceptarla o no. Pero si no lo hacen, Capriles tendrá a su lado no sólo la legitimidad, sino, además, la legalidad. Y a una rebelión mayoritaria, legítima y legal, nunca la ha parado nadie.

El carácter constitucionalista de la rebelión indica por qué Capriles y la MUD han renunciado al ejercicio de la violencia. En un clima de violencia, un gobierno apoyado en la legitimidad de las armas pero no en las armas de la legitimidad, sólo puede obtener ventajas.

La rebelión democrática venezolana no es un caso aislado. Ella se inscribe en una tradición de rebeliones que avanzan desde fines del siglo XX hasta nuestros días.

Las rebeliones que pusieron fin al comunismo soviético tuvieron un carácter pacífico. Las rebeliones antidictatoriales que tuvieron lugar en Argentina, en Chile y en Uruguay, fueron, como la venezolana, pacíficas y constitucionalistas. Incluso las dos más exitosas de la "primavera árabe", la tunecina y la egipcia, fueron gestadas por una oposición pacífica.

La violencia es el recurso de los que no tienen poder. Quien tiene el poder, escribió Hannah Arendt, no precisa de la violencia. El poder político a la vez, contiene otros tres poderes. El de la mayoría, el de la legitimidad y el de la legalidad. Esos tres poderes ya se encuentran en manos de la oposición venezolana.

Chávez, preciso es decirlo, dejó un heredero pero ningún testamento.

No obstante, Adelaida, la hija del Che, declaró que el venezolano es un pueblo ignorante, no preparado para asumir el legado de Chávez. Al leer tamaño disparate no pude sino recordar al gran Bertold Brecht.

Cuando la dictadura de la RDA distribuyó después del 17 de junio de 1953, volantes en los que se decía que el gobierno había perdido la confianza en el pueblo, Brecht escribió: "¿no sería más conveniente que el gobierno disolviera al pueblo y eligiera a otro?" Raúl, Nicolás y Diosdado van a tener que buscarse otro pueblo. El venezolano les salió muy bravo, demasiado arrecho.

 


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