No somos mayoria

                                                                                   Lissette González


Ayer me sumé a la manifestación convocada por los estudiantes. Los acompañé porque creo que la protesta es un derecho y porque era imprescindible para una profesora universitaria unirse al clamor de los estudiantes ante la represión sufrida por sus compañeros de Táchira y Mérida en los días previos. Fue un éxito de convocatoria y la concentración avanzaba en paz. Ya me había ido cuando la jornada concluyó con tres jóvenes asesinados, más de veinte heridos y al menos treinta detenidos solo en Caracas. Acompaño en su dolor a quienes ayer perdieron para siempre a sus seres queridos. Pero desde mi rol toca preguntarse: ¿qué pasó ayer? ¿esta es la vía para lograr un cambio en mi país?
Salí con un par de compañeras desde la UCAB en metro hacia la concentración en la Plaza Venezuela. La gente era tanta, que prácticamente no se podía caminar hacia la ruta de la marcha que conectaba con la avenida Libertador. Una vez allí podíamos ver un río de gente desde el elevado de Maripérez hasta la Avenida México. Multitudinaria, sin duda. Pero también homogénea, representando solo un sector de la población: la clase media, quien ha sufrido con la inflación, el desempleo, la escasez, el cierre de empresas, las invasiones y expropiaciones buena parte del costo económico de las políticas de la revolución bolivariana. El pueblo sencillo no estaba allí. Tanto es así, que el metro vía al oeste mostraba una ciudad en su vida cotidiana, con los vagones llenos de gente yendo al trabajo, al liceo, o a una visita (exitosa, por fin) al supermercado. Allí transcurre el día con normalidad, sin menor consciencia o interés por esa gran concentración de manifestantes que recorría Caracas desde la Plaza Venezuela  hasta el centro de la ciudad.
Las consignas, al menos en el sector de la marcha en el que estuve, no tenían vinculación alguna con el motivo de la protesta. Se coreaba “Y va a caer, este gobierno va a caer” o “Y no me da la gana una dictadura a la cubana”. Nada sobre los estudiantes presos en Coro o el derecho a la manifestación. Nada sobre la comida o medicinas que no consiguen, nada sobre el luto de nuestras familias que cada semana son víctimas de la inseguridad. En fin, nada sobre los problemas reales de los venezolanos, incluidos los que estábamos allí, marchando. Parecía un escenario de autoalabanza, reforzado además por la sensación de éxito producida por la cantidad de gente que estaba ayer en la calle.
Entonces me encontré con los panfletos en el piso y cuál es la estrategia que se propone para continuar la lucha política.
Vale la pena señalar en este punto que durante los últimos días he recibido duras críticas y cuestionamientos a través de twitter por defender que las “marchas sin retorno” no son la vía más eficiente para lograr un cambio político, que el énfasis debería estar en la organización y el trabajo arduo para las elecciones legislativas de 2015. Cuál no será mi sorpresa al ver en los panfletos que #LaSalida consiste en una de las siguientes vías: enmienda constitucional, asamblea constituyente, referéndum revocatorio o renuncia del presidente. Resulta, que todas estas posibilidades involucran necesariamente un proceso electoral… incluso la renuncia, puesto que en ese caso habría nuevas elecciones presidenciales. Es decir, todas suponen una pelea tan desigual como las elecciones presidencias, porque es una realidad que todas las instituciones están actualmente (y seguirán estando mientras no cambie la correlación de fuerzas en la Asamblea Nacional) tomadas por el partido de gobierno.
Pero aun en el caso de que hubiera elecciones limpias y en igualdad de condiciones, sin ventajismo, todavía queda otro pequeño problema: para ganar elecciones hay que ser mayoría y no lo somos. La mayor parte del país vive en barrios populares, no fue a la universidad ni está pendiente de su cupo CADIVI. Claro que esa mayoría vive con cruda dureza nuestros problemas; de hecho, la inflación y la inseguridad castigan mucho más a la población pobre. El problema es que no sienten que el liderazgo opositor los represente a ellos o sus intereses (para entender este punto les recomiendo los artículos de Saverio Vivas y Colette Capriles) y, por lo tanto, su descontento no se traduce de forma automática en apoyo a la oposición.
#LaSalida propone estos caminos porque parte del supuesto erróneo de que la oposición es mayoría. Convertirnos en mayoría tiene que ser, por el contrario, la principal meta política de quienes adversan el autoritarismo creciente de nuestro sistema político. La única forma de llegar a la gente es acompañando su organización, sus luchas y protestas por los problemas inmensos que enfrentan hoy. Es un trabajo arduo porque supone romper la barrera que hemos construido con años de extrema polarización. Y como todas aquellas metas que son difíciles de lograr, se necesita constancia y los resultados no se alcanzan de la noche a la mañana. Y este sería mi llamado a los jóvenes de hoy: no necesitamos que expongan sus vidas, necesitamos su creatividad, su ímpetu para hacer llegar su mensaje por un futuro mejor a ese sector del país que todavía se siente representado por el gobierno.

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