Alonso Moleiro, cortesía de TALCUAL


Fin de semana

MUTATIS MUTANDI

Una cosa es no confrontar y otra no existir



ALONSO MOLEIRO 



RENIER OTTO/ARCHIVO
o deja de ser desconcertante la vocación por el bajo perfil que cultiva lo fundamental de la vocería de la oposición política venezolana agrupada en la estructura federada de la Mesa de la Unidad Democrática.

Lo que en algún momento había parecido un espasmo, un lapso de desconcierto con posibilidades de ser comprendido, un momento de confusión ante la cantidad de demandas administrativas y de orden interno por atender, luce ahora una especie de mal crónico. Un hábito que no deja de tener aditamentos exasperantes.

Venezuela está cursando hoy una circunstancia especialmente confusa e intrincada. Un Presidente con una dolencia delicada, confesada hace rato por él mismo. Cursando, a la fecha, una involuntaria, inédita e insólita ausencia del panorama cotidiano nacional. La dirigencia oficialista, cada vez más arisca y provocadora, dejando colar amenazas tácitas y expresas, parte de ella empeñada en acudir a una cita electoral con el derecho a portar cartas marcadas. Un entorno institucional descompuesto y encanallado, cuya expresión más acabada la constituye el sórdido testimonio del magistrado Aponte Aponte.

Se aproximan meses difíciles. Se precipita la necesidad de acercar posiciones, de intercambiar puntos de vista, de blindar acuerdos mínimos para cruzar satisfactoriamente el puente electoral. Comienza a ser una emergencia aumentar el volumen de juego, insistir en la reconciliación nacional como un objetivo político estratégico, convertirse en una fuerza convocante y orientadora, generadoras de claves e ideas destinadas a producir tranquilidad y certezas entre los venezolanos. Ofrecerles garantías a los derrotados en el marco democrático para hacer posible la coexistencia pacífica y constitucional en Venezuela. Proponerle al actual estamento gobernante, a la vista de todo el país, un plan de vuelo, un acuerdo mínimo, un pacto de caballeros para que se respete la voluntad popular. Dibujar, en términos consistentes, la apuesta que se han trazado las fuerzas democráticas; imaginar en voz alta el cambio que, se supone, se avecina.

Henrique Capriles Radonski, el candidato de la MUD, lleva adelante un disciplinado y enjundioso recorrido por todo el país, cumpliendo a rajatabla los mandatos de una estrategia trazada, intentando acercar al venezolano común los elementos de su oferta social. En su obsesión por conversar sobre aquello que, única y exclusivamente, se imaginará, "le importa a la gente", tanto a él, como al Comando Tricolor, como a la directiva de la Mesa de la Unidad, parece que se les escapara la dimensión del descontrol institucional que podría estar por aproximarse en Venezuela. Circunstancia sobre la cual es necesario tener respuestas a la mano, para garantizar la paz pública y salvar la democracia. Únicamente Henry Ramos Allup ha ofrecido unas acertadas declaraciones al respecto.

Camina Capriles meritoriamente, de pueblo en pueblo, y acompaña sus jornadas con alguna declaración en contrapunto. Aun rodeado de todos los simpatizantes que atestiguan las fotografías, el candidato no deja de ofrecer la sensación de estar solo. Sin la compañía y el verbo de otros dirigentes fundamentales de la causa de la Constitución; sin el pronunciamiento de los mandos dirigentes de la Unidad; sin el valioso aporte programático de algunos de los notables talentos que le acompañan en su oferta electoral.

Un candidato, y en estas circunstancias más que nunca, debe ser más que un candidato: nos estamos refiriendo al portaestandarte de un bloque histórico y cultural; el promotor de un modelo de desarrollo viable; el representante de un equipo político y técnico estructurado para superar, no un mal gobierno, sino una crisis histórica que tiene 23 años de duración. La cabeza visible de un nuevo tiempo en la vida nacional. El candidato electo en las primarias es la esperanza de los que no hemos querido emigrar y decidimos apostar por tener un país decente y viable.

Pasan y pasan las semanas con Hugo Chávez ausente. El vacío, que no estaba en los planes de nadie, no termina de ser llenado por los factores de la Unidad. El Comando Tricolor tiene una vocería escasa y aislada; los directivos de la MUD están desaparecidos; los partidos políticos, tan celosos de su autonomía para negociar y pugnar por cuotas, no desarrollan estrategias por cuenta propia, tan necesarias por estos días, siempre dentro el paraguas federado de la MUD.

Varias veces se ha afirmado que la estrategia aprobada por la oposición, relativamente exitosa hasta el momento, legitimada por la holgada victoria de Capriles Radonski en las Primarias, ha consistido en no confrontar. Distanciarse de los escenarios polarizadores; hablar de los temas del diario vivir, lo que le importa a la gente. No caer en las provocaciones de los funcionarios y militantes del chavismo, y en otras, acaso más peligrosas, gastadas por sus operadores políticos y de opinión tras bastidores. No apartar la mirada de la cita electoral de Octubre.

Pues bien: una cosa es no confrontar y otra no existir. Nada puede ser más importante que trabajar activamente en el desenlace pacífico y constitucional de todo este trance. Las estrategias, que habitualmente se planifican en situaciones estáticas, son concebidas para escenarios forzosamente dinámicos. La tesis de la no confrontación, como todas las tesis, tiene que ser alimentada y recreada, con nuevos aditamentos conforme estos hagan su aparición. Eso no tiene porqué desnaturalizarla.

La MUD tiene que hablar duro para que el resto de la nación, los poderes fácticos, los ciudadanos indiferentes y sus adversarios, puedan terminar de apreciarla como la expresión política de una fuerza social decidida a regresar a Venezuela al mundo civilizado. La única garantía de progreso y justicia social existente en este momento. 

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