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Fin de semana

DESDE EL PRINCIPIO

Duelo bíblico

A Alí Domínguez 

AMÉRICO MARTÍN 


RENIER OTTO/ARCHIVO
Sé que Capriles no cambiará sustancialmente su manera de enfrentar el reto que se le ha presentado. Tiene a su favor la unidad de la disidencia. Nunca que recuerde y recuerdo muchas cosas, se había producido un acoplamiento opositor tan amplio y enraizado como el que lo acompaña. En esta hirviente confrontación Capriles ha ido de menos a más y suma y sigue.

Es válido evocar ­como hace Fernando Mires­ el mito bíblico de David y Goliat para mejorar la comprensión del conflicto electoral que vivirán los venezolanos. David, sugiere Mires, venció al gigante antes de disparar su célebre piedra. Lo hizo respondiendo a sus jactancias y amenazas con energía y retórica. Puesto que Goliat concentraba en su persona al pueblo filisteo, su caída arrastraría al ejército sin irse a las manos. La victoria de David ­dice Mires­ sobre el coloso comenzó con la aceptación airosa del reto del filisteo y se completó cuando dispuso devolver el insulto con respuestas firmes y personificadas. "Iguálate a él. Si te tutea, hazlo tú también".

Capriles no siguió ­con razón­ semejante consejo. Confiado en el respaldo de la MUD y del fuerte liderazgo disidente emanado de las Primarias, decidió no responder, no aceptar el reto personalizado, no amilanarse frente a las amenazas; amenazas crecientes por cierto, envenenadas por la firme calma y el desdén como fueron recibidas.

Y el primero de los asuntos fue ese: ir a un toma y dame con quien en ese terreno goza de una ventaja abrumadora, o desdeñar las ofensas, seguir recorriendo el país como nadie que se recuerde, no cambiar la oferta de paz, diálogo, reencuentro; y sobre todo no desenfocarse de los asuntos que atormentan a la gente. Arenas éstas en las cuales Goliat tendría mucho que perder, mucho que explicar. En fin, de David la honda y el reto, pero escogiendo uno el terreno, que no será el del rival.
Recordemos ahora que el Presidente padece de una grave enfermedad que ha consternado a buena parte de América. La oposición se ha mostrado respetuosa frente al mal que lo afecta, aprobó con su voto parlamentario todos los viajes de sanación que aquel dispuso y no se vale de una retórica soez, similar a la del gobierno.

¡Cuánto desearía éste que los candidatos de la unidad democrática perdieran la forma, devolvieran insulto por insulto! Pero sería difícil entender un viraje de tal naturaleza. ¿Cómo lo explicaría Capriles? ¿Será que aprovecha el menoscabo del otro para bailar sobre su enfermedad? El tema decidendum de estas elecciones envuelve cuestiones de tal envergadura que hacen inevitable la polarización postulada por el gobierno. Estamos frente a lo que Mires llama la autocracia que se vale de elecciones, conforme a un modelo de nuestro tiempo que consiste en entrar en ellas, pervertir sus entrañas y revestirse con una vestidura constitucional; raída, es verdad, pero suficiente para que la burocracia del sistema jurídico interamericano pueda lavarse las manos sin cargos de conciencia.
La polarización parece estar obrando ahora a favor de la unidad democrática. Si el Presidente fuera reelecto, está a la vista que tomará su votación como un mandato de profundizar su catastrófica gestión. Todos los que presienten semejante desenlace comprenden que no tienen otra salida que apoyar sin reservas a Capriles.

Porque al destino de las universidades, los sindicatos y contratos colectivos amenazados, los perseguidos políticos y los medios cercados, las víctimas del crimen desbordado y de la carestía, el desempleo y el fracaso de los servicios; a esos aspectos palpitantes, digo, se agrega la disyuntiva de paz o violencia, diálogo u odio, reencuentro o exclusión, que según los estudios de opinión es la que a estas alturas determina la conducta de la mayoría.

El problema se reduce a saber quién representa la paz y quién la violencia.

Paz es cambio; violencia, perpetuación.

Si como puede verse, al final del enorme esfuerzo personal de Capriles y de los centenares de líderes disidentes quedara despejado este dilema, el resultado sería ampliamente favorable a la unidad democrática. Abandonar el estilo de torear los insultos, sería darse con las espuelas, oscurecer lo ya clarificando y descabalgarse en mitad del río.

Cuando se distingue entre dictaduras dadas a permitir elecciones y dictaduras herméticas, de las que en América queda una, creo que se pasa por alto que estas no son opciones sino posibilidades. La propensión totalitaria busca saciarse cerrando el círculo, ocupando los espacios residuales y haciendo de la sociedad algo parecido a una bola de billar, lisa, sin irregularidades ni disonancias. Que lo logre o no depende de la resistencia que encuentre en cada espacio de autonomía. Es una lucha por pulgadas de terreno. O los espacios son ocupados desde el poder, o logran conservar sus fueros democráticos y aún ampliarlos. Por eso no cabe la abstención, lugar abandonado es lugar dominado por el otro.

En conjunto se trata de una gran batalla política que también se propone ganar la opinión nacional e internacional, razón por la cual es vital disponer de causa legítima. ¿Y cuál más legítima que la paz? Es una competencia de alegorías. Así como la paloma de Picasso es la alegoría de la Paz, el llanto de los dolientes del Presidente bien podría ser la alegoría de la Guerra. 

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